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En el pasado mes de mayo se celebraron unas jornadas medioambientales en la Sierra de Chiva (València). Nuestro compañero Xavi Garcia colaboró en la organización del evento y participó en un par de artículos relacionadas con la conservación y estudio de estas montañas centro valencianas para la revista cultural Átame.

Uno de los artículos resume y reflexiona lo expuesto en esta reunión y otro firmado junto a Emilio Laguna y Vicente Serena versa sobre un sencillo pero interesante estudio sobre la etnobotánica de estos montes mediterráneos, contenedores de una amplísima variedad de uso populares de las plantas silvestres.

Foto: Detalle del Barranco de La Alhóndiga donde se puede apreciar la asombrosa capacidad del rebrotre post incendio del fresno de flor (Fraxinus ornus) junto con otras especies de planifolios como Acer granatense, Quercus ilex, Arbutus unedo, etc. En los roquedos de dicha zona se puede encontrar una rarefacción catalogada como Vulnerable en el territorio valenciano:  Kernera saxatilis. Esta especie se encuentra en una de 3 las Microreservas de flora incluídas en la Sierra de Chiva.

 

ALGUNAS CONSIDERACIONES Y REFLEXIONES SOBRE LAS JORNADAS MEDIOAMBIENTALES DE LA SIERRA DE LOS BOSQUES-CHIVA.

Xavier Garcia Martí.

Si hay un elemento común altamente valorado por todos los ciuadan@s locales de este pueblo a escasos kilómetros de la ciudad de València y del propio mar Mediterráneo, al margen de diferentes sensibilidades, pensamientos e ideologías, son sin duda, los más de 7.000 ha de monte que cubren buena parte de su término municipal. Existe pues un compromiso social y cultural muy arraigado con estas montañas por parte de los pobladores cercanos y visitantes. No obstante, al igual que en prácticamente todos los espacios habitados de cualquier lugar, también urge la necesidad de ampliar el conocimiento y concienciación de la población local y visitante de cara a entender la importancia de conservar el conjunto de elementos que integran la Sierra: flora, fauna, medio físico y recursos (servicios ecosistémicos) que nos brinda.

La Plataforma para el Estudio y Conservación de la Sierra de los Bsoques-Chiva, organizó unas Jornadas Medioambientales de la Sierra de Chiva el 21 de mayo de 2016. Entre las conclusiones más importantes que allí se debatieron quiero extraer y exponer las siguientes, que aunque no fueron las únicas, sí deben ser cuanto menos conocidas por el lector debido a su importancia. Añado además mis propias reflexiones:

La desertificación constituye un problema grave como consecuencia del cambio climático y de la acción humana. Los sistemas mediterráneos en la actualidad son poco resistentes y muy vulnerables a los procesos del cambio global. Aquí se incluyen los montes chivanos, modelados y degradados por la acción directa o indirecta del hombre durante siglos. El cambio climático puede alterar bruscamente la composición y cobertura de las especies vegetales existentes en nuestro medio, debido a eventos extraordinarios (sequías extremas como las que está padeciendo actualmente y de manera implacable la fachada oriental ibérica, heladas, etc). Esto afecta directamente a nuestra forma de vida. Por ejemplo, en la mayor o menor capacidad de recarga de acuíferos, hoy día sobre explotados por un aumento del consumo indiscriminado de agua en la zona. Debemos saber adaptarnos por tanto a este nuevo escenario y fortalecer el sistema en el que vivimos. También resulta esencial el racionalizar los recursos disponibles pensando en el futuro del global del ecosistema y de nuestra propia comunidad. Las consecuencias de no hacerlo -en términos socioeconómicos- pueden ser negativamente irreversibles.

A escala general, y en nuestro territorio en particular, hemos sufrido durante siglos un grave déficit de educación ambiental. Se debe cambiar este rumbo, verdadera directriz del comportamiento de las sociedades en un futuro inmediato. Por ejemplo, por razones de componente histórico, hemos aprendido que la formación que debe primar en nuestro paisaje es exclusivamente la arbolada, y que buena parte del resto de vegetación que ocupa el dosel arbustivo debería ser eliminado, pues el monte esta “sucio”. Nos molesta en nuestra visión antropocéntrica. Hay algo de cierto en esto: los incendios recurrentes, –provocados reiteradamente por la acción humana en un gran porcentaje - han ido cambiando la composición de la vegetación, aumentando a su vez el de algunas especies pirófitas y oportunistas (adaptadas al fuego). En este sentido, la extracción mediante el aprovechamiento de la biomasa generada durante las últimas décadas de abandono rural puede ser un recurso valioso como fuente energética. Desde una perspectiva más amplia además, puede mejorar la estructura actual de nuestros montes. Pero resulta frecuente que esta visión de uso simplista se presente absolutamente sesgada y errónea. A veces incluso, los profesionales e investigadores del sector forestal no recaban en explicar al gran público lo necesario del proceso selectivo de dicha extracción, tanto a nivel cuantitativo como cualitativo. Así pues, el concepto de biodiversidad en el mediterráneo es mucho más amplio en espacios y especies vegetales y animales; y gracias a esta cualidad, nos brinda su asombrosa capacidad de regeneración y resiliencia tras perturbaciones, además de aumentar la posibilidad de adaptación a procesos inminentes de cambio de paisaje debido a un proceso de aridificación del MEDIO en que VIVIMOS. En suma, la capacidad de rebrote de la maquia mediterránea (aquélla que entre otros usos sirvió como fornilla en los antaño famosos hornos cerámicos de Manises) es vital para entender nuestra vida en esta región centro valenciana tal y como la conocemos.

A causa del aumento de las temperaturas, del número de olas de calor, de la distribución del régimen de lluvias a lo largo del año, del cambio de estructura y bajo contenido en humedad de la vegetación, científicos con una amplia experiencia en la extinción de incendios en el territorio, alertan de ocurrencia de megaincendios que afectan incluso a zonas habitadas. Y aquí se incluyen esas urbanizaciones embebidas en una matriz forestal, tan comunes en la zona. Como su nombre indica, se trata de perturbaciones de considerables dimensiones y virulencia (ya conocemos los casos de los recientes megaincendios de Cortes de Pallás, Andilla. Es fundamental por tanto, cambiar nuestra visión del paradigma de la extinción de incendios. Se deben socavar además trasnochadas y peligrosas creencias respecto al origen de los mismos. Los datos contrastados redundan en que más del 70 % del origen de los fuegos forestales tiene su origen en negligencias: quemas de podas y rastrojos en épocas o días desfavorables, focos fuera de control en zonas urbanizadas, etc. Desgraciadamente son ya muchos los incendios provocados por descuidos durante el proceso de quemas agrícolas y otras causas en este municipio en las últimas dos décadas.

Con el ánimo de evitar citar solamente aspectos y connotaciones negativas como las de las anteriores líneas, me reservo aquéllas que nos arengan a pensar en un futuro esperanzador. Algo ha cambiado radicalmente en nuestra visión de estos montes, en nuestro pensamiento colectivo. La visión –obligatoriamente- utilitarista de nuestros mayores, para lo bueno y para lo malo, se desvanece a cambio de un nuevo concepto de uso y disfrute que hace ver a estas valiosas montañas con otros ojos, por lo menos a un creciente sector de ciudadan@s. Y esto es lo que subrayaron en las citadas Jornadas las diferentes asociaciones y personas que están tomando parte de manera activa y decisiva en este giro, en este nuevo camino participativo y necesariamente conservacionista: senderistas, cazadores, corredores de montaña, ciclistas, visitantes, personas que simplemente disfrutan de los maravillosos enclaves de la Sierra de Chiva y, como no, de sus valores naturales; todos ellos están contribuyendo positivamente en el reto al que nos enfrentamos en este mundo cambiante.

Existen por tanto diferentes visiones y prioridades sobre el paisaje y la montaña. A su vez, persiste la necesidad de llegar a acuerdos con una visión sobre la sostenibilidad futura de las decisiones. Deben predominar, los espacios de diálogo y los intereses sociales más allá de los políticos o individualistas de unos pocos interesados en una situación y tiempo concretos. Los montes y sus recursos son de todos, pero todos tenemos obligación de entender las necesidades e inquietudes del resto de componentes que la integran.

 

RECUERDOS DEL USO DE LAS PLANTAS EN LA SIERRA DE CHIVA

Emilio Laguna, Vicente Serena y Xavier García Martí

Juan Tarín Borig ‘Tío Perejilo’ conversa con uno de nosotros a la sombra de una garrofera multicentenaria. Ronda ya el siglo de edad pero su mente lúcida rememora sus años mozos, unos tiempos en que en Chiva no existía la mayoría de materiales que ahora consideramos básicos para la vida cotidiana como el plástico, el asfalto, incluso el cemento. Juan dibuja un paisaje donde en las casas no existía el teléfono, ni siquiera la electricidad de la que tanto dependemos. Habla de un tiempo en que casi todos los materiales que componían los enseres eran elementos naturales o provenían de éstos sin apenas modificaciones; mucho de cuanto rodeaba su infancia y su adolescencia provenía fundamentalmente de las plantas. La vida de aquella generación de principios del siglo XX no podía entenderse sin una dependencia casi absoluta del mundo vegetal, y en especial de los recursos próximos que daban el campo y el monte. Las plantas eran junto al agua la principal fuente para la vida, porque de ellas provenían la mayoría de los alimentos y casi todas las medicinas populares. En aquellos tiempos del joven Juan no existía la asistencia sanitaria universal, y sólo las gentes de las clases pudientes podían acceder a los servicios del médico y el boticario para curarse. Caer enfermo significaba quedar a merced de los remedios que, siglo tras siglo, habían depurado las gentes de Chiva y su entorno, echando mano de un amplio patrimonio vegetal que ofrecían la sierra y otros entornos cercanos a la población. Muchas hierbas silvestres formaban parte de la despensa doméstica, sopena de que en su ausencia fuera imposible encontrarlas en flor o con hojas, expuestas a los ciclos de la naturaleza.

La charla con el Tío Perejilo nos descubre un patrimonio inmaterial enorme y con alto riesgo de desaparición, el de la cultura popular de las plantas transmitida de padres a hijos durante siglos y siglos. La Etnobotánica, mezcla de conocimientos y técnicas etnográficas y botánicas, es la disciplina que aborda el rescate de esa información, que inexorablemente desaparece con las personas mayores. El conocimiento de los usos y utilidades de las plantas y de sus productos se remonta al principio de la humanidad, y es la base del nacimiento de la Medicina y otras ciencias próximas como la Farmacia o la Veterinaria. Hasta bien entrado el siglo XVIII, cuando el avance intelectual impulsado por la Ilustración permitió que se independizaran muchas de las actuales Ciencias de la Naturaleza, los médicos eran a la vez farmacéuticos, y en el fondo y sobre todo botánicos, conocedores de las virtudes de las plantas. La única diferencia entre la medicina oficial y la popular, además de la exactitud a la hora de pesar las sustancias vegetales, era la mayor facilidad para obtener conocimientos y productos lejanos, y la capacidad de reflejar la información en medios escritos, negada al pueblo llano por su analfabetismo crónico.

Los etnobotánicos calculan que en torno a un tercio de las especies silvestres de un territorio tienen o han tenido usos consolidados y mantenidos por la población, aunque ese hilo conductor entre las plantas y las gentes se ha debilitado en extremo, hasta casi desaparecer a partir de la segunda mitad del siglo XX. De las más de 1.100 especies de hierbas, árboles y arbustos de la Sierra de Chiva, compartidas con otras vecinas como la de Malacara, no menos de 300 han sido con gran probabilidad objeto de uso o consumo. Todas ellas, con mayor o menor grado de precisión, han tenido nombres locales, los llamados ‘fitónimos populares’, que aún se conservan en algunos casos, pero que en otros muchos están al borde de la extinción en los diccionarios virtuales nunca escritos por las gentes de Chiva.

Volvemos a la sombra de la garrofera con el Tío Juan Perejilo, y nos vienen también a la mente recuerdos y apuntes tomados en conversaciones con otras gentes mayores de Chiva, Cheste, Buñol, Siete Aguas, Yátova... La utilidad de las hierbas parecería casi infinita si llegáramos a juntar todo el conocimiento actual y el ya perdido. En muchos casos, conseguir que la especie de la que nos han hablado tenga un fiel reflejo en el nombre científico de plantas conocidas y bien identificadas se hace difícil; un mismo nombre puede hacer mención a varias especies, y a veces una sóla tiene varios nombres. No pasa así con las plantas más abundantes y de paso útiles, desde la sempiterna garrofera (Ceratonia siliqua), fuente de alimento, madera, o taninos que ayudaban a encurtir las conservas en aguasal –tomando sobre todo hojas del algarrobo macho, según la tradición-, hasta el humilde margallón (Chamaerops humilis), de cuya palma se hacían escobas, y que proveía si hacia falta comida cortando los troncos y accediendo a la médula –el ‘mardajón’-; los frutos, los ‘dátiles de sorra’, servían para dar de comer a los cerdos. Otro tanto podía decirse del siempre útil esparto (Stipa tenacissima), de cuyas fibras salían las espardeñas para calzar y muchos objetos de uso doméstico o para las caballerías.

La gran mayoría de usos medicinales de las plantas se concentraban en las dolencias más extendidas, sobre todo las disfunciones digestivas, las renales, las del aparato respiratorio y el circulatorio. En muchos casos o bien se cocía directamente la planta con agua –la decocción o decocto-, o bien se la dejaba decantar en agua previamente hervida –la genuina infusión o infuso-. Entre las tisanas más populares están sin duda las del rabo de gato -Sideritis tragoriganum, S. incana subsp. edetana- y su pariente el té de pastor –S. hirsuta-, que sanaban las heridas internas y servían para combatir las afecciones renales. Si se trataba de resfriados o catarros se usaba más el té de monte, candilera o mantopia (Phlomis lychnitis). Para los problemas digestivos y trastornos intestinales la infusión más habitual era el té de roca (Jasonia glutinosa); varias especies de su misma familia –las Compuestas o Asteráceas- se usaban con fines parecidos, como la cucharica de pastor (Leuzea conifera) o el lonj, longe o lonche (Andryala ragusina), planta de cuya raíz se extraía también el visc o visque, sustancia adhesiva para cazar aves.

Para la circulación había pocos remedios tan extendidos como las infusiones y decoctos de hojas del setche o setge, todo un grupo de pequeñas jarillas del género Helianthemum, siendo la más abundante el H. cinereum subsp. rotundifolium. Tanto o más popular era el palomisto, palomesto o simplemente mesto, lo que en otras tierras se conoce como aladierno (Rhamnus alaternus), aunque con el mismo nombre también se llamaba en la sierra al espino negral (Rh. oleoides subsp. angustifolia).

La cura de pequeñas heridas podía facilitarse con lavados y emplastos de algunas plantas de la sierra como la salvia o sáliva (Salvia lavandulifolia) e incluso con el espliego (Lavandula latifolia), aplicando sobre la piel hojas a las que se había raspado la superficie. También se usaban los lavados con decoctos de olivarda (Dittrichia viscosa). Para heridas y contusiones mayores se usaba mejor la oreja de burro (Phlomis crinita). No obstante, el mejor remedio tradicional para golpes y rozaduras era el aceite rojo que se obtenía macerando las flores del perico o pericón (Hypericum perforatum). Con fines parecidos se podía usar el romero (Rosmarinus officinalis) del que se valoraban sobre todo los raros ejemplares de flor blanca.

En el adobo de embutidos y el encurtido de las aceitunas raramente faltaba la morquera o hierba-olivas (Satureja intricata subsp. gracilis), y sobre todo una planta que tiene en la Hoya de Buñol-Chiva su único reducto de nombre en castellano, la pimentera (Thymus piperella), más conocida en el resto del territorio valenciano como pebrella. La hierba-olivas también se usaba para los males digestivos y del riñón. Para combatir las litiasis o piedras del riñón servían muchas plantas de los roquedos como las rompepiedras (Teucrium buxifolium, T. thymifolium) pero también otras parientes suyas, hierbas aromáticas de la familia de las Labiadas como los la cabezuda (Teucrium ronnigeri); también las colas de caballo (Equisetum ramosissimum) de las acequias.

El fresnillo o tamo real –nombre chivano relacionado con el valenciano ‘timó real’-, Dictamnus hispanicus, se ponía entre la ropa de los baúles para ahuyentar las polillas, y algunos pastores lo llevaban en el bolsillo trasero del pantalón como remedio para las hemorroides. Para esta afección se usaba también el aceite resultante de macerar la cucharica de pastor, o el agua de cocer el rusco (Ruscus aculeatus), la raíz de matapoll (Daphne gnidium) o la cabezuda. Otros a cambio preferían poner bajo la cama un ramillete de siempreviva (Helichrysum stoechas).

No podríamos cerrar esta breve revisión de saberes populares sin brindar con un vaso de té de Marjana, un decocto chivano de hojas de coscoja (Quercus coccifera), pino (Pinus halepensis), garrofera, tomillo (Thymus vulgaris), estepa (Cistus albidus) y oreja de liebre (Bupleurum rigidum), convenientemente ‘tocado’ con un ‘chorrico’ de anís. Lo dicho aquí son sólo rápidas pinceladas de un patrimonio cultural que desaparece con la voz y la memoria de nuestros mayores como Juan Tarín, un saber cuyo rescate y transmisión es deber de nuestra generación, como lo fue de las que nos precedieron.

Juan Tarín Borig “el Tio Perejilo”, nos dejó este mes de agosto, apenas un mes después de realizarse este artículo. A su memoria va dedicado íntegramente.